¿Ciencia para hombres y ciencia para mujeres?

Por Elena Casacuberta

Releyendo la polémica declaración de Randy Sheckman, Premio Nobel de Medicina de este pasado año 2013, me crucé con las declaraciones de otro importante científico, Peter Lawrence (premio Príncipe de Asturias 2007).

Como es habitual en este espacio cotidiano que es en estos días la internet; encuentras, lees, buscas, reencuentras, y vas a parar a distintas entradas y artículos que de pronto se cruzan con tus intereses y curiosidades más inmediatas. Pues bien, así llegue hace unos días a un articulo de Peter Lawrence de hace unos años (Lawrence PA (2006) Men, women, and ghosts in science. PLoS Biol 4(1): e19.) Peter Lawrence opina en un artículo que levantó polémica sobre el porque hombres y mujeres nunca se igualaran en ciencia. En mi opinión las ideas que expone Lawrence bien valen una reflexión en este blog, no sólo por la temática que nos apela directamente, sino por su capacidad de interrogación y reflexión.

Lawrence cree que el deseo de la igualdad numérica entre hombres y mujeres en las distintas profesiones, proviene del muy humano sentimiento de ser políticamente correcto abrazando la creencia de que esto es, no sólo posible sino deseable. Según Lawrence esta actitud niega la experiencia que nos demuestra que hombres y mujeres somos distintos. Las diferencias inherentes a ser hombre o mujer a las que Lawrence se refiere, son una causa importante de que los números no se igualen, ni ahora ni en un futuro próximo.

Por qué nos cuesta tanto aceptar que hombres y mujeres seamos distintos cuando nos referimos a nuestro cerebro, a nuestras capacidades de liderar, a nuestra manera de afrontar una carrera, a nuestra ambición, a nuestra capacidad de mediación…Es un tema tabú en la sociedad, y por tanto también entre la comunidad científica. No nos cuesta estar de acuerdo en que es mucho menos probable que nos atraque una mujer que un hombre, a pesar que también existen representantes femeninas en las listas de delincuentes, o que es mucho más probable que nos atienda una mujer al llegar a una habitación de hospital, o a la clase de P3 de nuestro hijo, pero no sentimos correcto pensar que somos distintos cuando nos referimos a la ciencia.

El miedo a generalizar y a sacar conclusiones lapidarias nos impide pensar en general, en grandes números, y afirmar que sí, que hay características propiamente femeninas y masculinas y que estas influencian inevitablemente los números de científicos y científicas. Cierto es que las diferencias residen en la individualidad y siempre habrá aquellos que no siguen la norma general. Entonces por que generalizamos lo contrario y nos empeñamos en que no, no existen tales diferencias, aún cuando la realidad nos demuestra con nuestra experiencia, que nos diferenciamos en individuos más masculinos e individuos más femeninos.

Los números nos demuestran que si continuamos empeñándonos en igualar los números sin cambiar nada más, vamos a fracasar. Si en principio somos conscientes del problema, y lo más importante, queremos arreglarlo, habrá que cambiar las cosas en más de una dirección, y no tratar solamente de facilitar la entrada de más mujeres a la ciencia para engordar las cifras. Mientras los criterios para seleccionar del mejor candidato continúen siendo los actuales y se basen en unas pocas cualidades, que en general, se encuentran más en individuos más masculinos, continuaremos seleccionando una ciencia básicamente masculina. Si incluimos e igualamos en importancia cualidades que hasta ahora hemos dejado fuera, como la capacidad reflexiva, la intuición, la creatividad… en aquellos aspectos que consideramos buenos para un científico, empezaremos a integrar en el sistema individuos con características más femeninas. Seguramente de manera natural, los números de hombres y mujeres se acercaran ya que vuelvo a insistir, aunque la diferencia recae en la individualidad, en general las características femeninas se encuentran más habitualmente en mujeres que en hombres y al revés. Más importante aún, no sólo los números dejaran de ser tan dispares, sino que ganaremos en una ciencia con todo su potencial.

Una ciencia que valore características femeninas y masculinas; 1) estará más preparada para afrontar cualquier situación ya que en la mayoría de tareas científicas se necesita una combinación de habilidades diversas; 2) Avanzará más fácilmente, ya que no sólo estimula el progreso la competitividad, sino que la comprensión y la empatía son un motor al menos igual de potente; 3) La posibilidad de tener ejemplos de ambos sexos en posiciones de responsabilidad servirá de inspiración a un mayor nombre de individuos que comienzan ya que dispondrán de un abanico más amplio de cualidades con las que identificarse.

Para acabar, Lawrence acaba apuntando que la competitividad de la sociedad actual esta transformando la ciencia a imagen de los negocios, y aunque no debería ser así, se premia también en el mundo científico de hoy, a aquellos que actúan con más ambición y agresividad, inundando de competitividad el proceso de investigación. No es de extrañar pues, que esta última tendencia exagere aún más los números de hombres que llegan a puestos superiores.

El artículo de Lawrence es del 2006, hoy en el 2014 no parece que la cosa haya cambiado mucho. A ver si aprovechamos la crisis para reflexionar, cambiar, incorporar, reestructurar nuestra ciencia integrando individuos con cualidades diversas, seguro que así incluiremos a ambos, hombres y mujeres.

 

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