La ciencia detrás de los olores

Por Elena Casacuberta

¿Como se almacena en nuestro cerebro la información que nos devuelve a la infancia cuando olemos un donut, entramos en una casa antigua o nos ponemos una loción solar de las que ya existían años atrás? ¿Por qué nos ponen los pelos de punta el olor a éter, a colegio, o a la colonia de alguien que añoramos?

Estas son algunas reacciones que todos reconocemos y a las que fácilmente podemos asociar experiencias vitales particulares. Pero hay muchas otras que también están gobernadas por nuestro olfato y de las que no somos conscientes. El sistema olfativo nos conecta experiencias de nuestra vida del siglo XXI a nuestros centros cerebrales más primitivos.

El sistema olfativo es uno de los más primitivos y más complejos en los animales. Linda B. Buck y Richard Axel fueron galardonados en 2004 con el Premio Nobel de Medicina por su papel en la disección de tal fascinante sistema.

¿Como es capaz nuestro olfato de distinguir entre más de 10.000 tipos de olores distintos? Las células del epitelio nasal tienen receptores olfativos altamente especializados que reconocen a las moléculas que componen determinados olores. Estos receptores una vez activados, mandan señales a la región cerebral encargada del olfato, el bulbo olfatorio. El bulbo olfatorio esta dividido en distintas áreas llamadas glomeruli, donde llegan de manera organizada las sinapsis de los receptores olfativos activados. Aquellos receptores que captan los mismos olores señalizan a los mismos glomérulos en el bulbo olfatorio. Aunque muchos menos que otros animales, los humanos poseemos alrededor de 900 receptores olfativos distintos, cuyas combinaciones nos permiten captar una gran variedad de matices en los diferentes olores.
Desde el bulbo olfatorio la información se manda a otros centros del cerebro, entre los que destacan áreas del córtex (cerebro relacionado con funciones superiores como por ejemplo la racionalidad), y áreas interiores como el sistema límbico constituido por el hipotálamo, la amígdala y el hipocampo (centros relacionados con respuestas fisiológicas, emociones y memoria). Sin embargo, la experiencia de oler no se compone solamente de esta vía específica, sino que varios circuitos cerebrales se activan en paralelo captando información adicional cuyo resultado conllevará que en la memoria se una un olor específico a un escenario o a una experiencia vital determinada. Así pues, una imagen del mar nos puede llevar a evocar el olor de la playa, o un campo verde el olor a césped acabado de cortar. Podemos recuperar memorias olfativas sin tener al alcance la fuente de las moléculas que la provocan, increíble ¿no? Además, para unos individuos estas memorias pueden recuperar una sensación placentera y para otros no, dependiendo de las experiencias o escenarios en los que se encontraban en el momento de captar el olor.

Pero aún hay más. Debido a que como acabamos de ver nuestro olfato esta ligado fisiológicamente a las emociones y la memoria, éste está también gobernando muchas de nuestras respuestas inconscientes. Los olores presentes en las tiendas, centros comerciales o bancos, por poner unos cuantos ejemplos, no son fortuitas sino que han sido detalladamente estudiadas para inducirnos emociones relacionadas con el bienestar, euforia, seguridad, relajación, etc… Como consecuencia, nuestras actitudes frente a las personas y objetos de estos lugares van a estar influenciadas por un estado vital sutilmente modificado por cascadas de señalización neuronal que viajan desde la nariz hasta nuestro cerebro más interior. En resumen, nuestra nariz no siempre juega a nuestro favor, o al menos no siempre sabemos si está o no influenciando nuestra reacción. Un ejemplo muy llamativo de esta conducta es el que reveló un estudio llevado a cabo en Las Vegas con una máquina tragaperras. Se demostró que la actividad en dicha máquina aumentaba un 45% si la habitación se rociaba con un ambientador determinado. ¡Espeluznante lo manipulables que llegamos a ser! Y es que una vez más se demuestra que, aunque estemos en el siglo XXI, nuestra biología continua ligada a la época de las cavernas. Así pues, sin ser conscientes de las moléculas que se desprenden en nuestros encuentros del día a día, reaccionamos con los ambientadores de las estancias por las que pasamos, nos sentimos atraídos por determinadas personas y repelidos por otras, o nos vemos inclinados a comer determinados alimentos. Un ejemplo más, la sensibilidad de las mujeres para captar feromonas masculinas es 10,000 veces más fuerte durante los días de la ovulación.

A mi este tipo de descubrimientos son los que me hacen vibrar con la ciencia, la envidia sana que siento por unos científicos que han sido capaces de diseccionar de manera molecular como captamos, analizamos, relacionamos y respondemos racional y fisiológicamente a un determinado olor. A modo de homenaje, os hago un breve resumen de la biografía de Linda B. Buck, una de las artífices que han hecho posible que sepamos tantas cosas sobre como funciona el olfato.

Linda B. Buck, nacida en Seattle en 1947, es la mediana de tres hermanas. De niña jugaba a muñecas a las que les cosía los vestidos, iba a la escuela, a clases de música, le gustaba jugar y tenia mucho tiempo libre para aburrirse. Pasaba largos ratos con su abuela materna que le contaba historias mágicas de su infancia en Suecia. De su madre, ama de casa y según Linda de inteligencia aguda, aprendió la belleza de la música y de su padre, un ingeniero eléctrico, a utilizar las herramientas y construir inventos en su taller. Linda destaca de sus padres el apoyo recibido en todo momento y la confianza que le transmitían en que tenía la capacidad para ser aquello que se propusiera. Aprendió de ellos a pensar de manera independiente y a ser crítica con sus propias ideas.

Linda estudió inicialmente psicología ya que quería dedicarse a algo que le permitiera entender el mundo y a la vez ayudar a los demás. Pero su naturaleza inquieta la llevo a viajar durante un tiempo, tomar clases de distintas asignaturas y darse tiempo. Finalmente decidió ser bióloga tras asistir a una clase de inmunología que la fascinó. Haciendo la tesis en Texas con Ellen Vitetta aprendió a cultivar la excelencia y la precisión. Aprendió a pensar en moléculas y mecanismos y fue entonces cuando descubrió que lo que la motivaba era entender a nivel molecular como funciona la vida. De postdoc con Richard Axel, con quien compartió el Premio Nobel, se adentro en las neurociencias y clonó varios genes que se expresaban de manera específica en determinadas neuronas. Linda destaca de esta época el apoyo incondicional de Richard para embarcarse en proyectos arriesgados y la libertad de la que gozó para empezar un proyecto propio aún estando en su laboratorio. Las conversaciones con Erik Kandel, también Premio Nobel y íntimo colaborador de Richard fueron también para ella una gran inspiración. Durante estos años, Linda, puso la base para lo que seria la disección del sistema olfatorio, desde la identificación de los más de 1000 genes que tienen que ver con los receptores olfativos, los circuitos neuronales implicados y el procesamiento de esta información. Linda estableció su propio laboratorio en Boston, en Harvard Medical School, donde estuvo más de 10 años. Finalmente en el 2002, retornó a Seattle, su ciudad natal, para estar cerca de su familia, sus amigos y de su compañero, Roger, que vive en Berckeley.

Leyendo una breve biografía de Linda B. Buck, me doy cuenta una vez más que seguramente es más importante: aburrirse que llenar la vida de actividades, al igual que dar libertad para equivocarse en lugar de dirigir y controlar de cerca, y sobretodo perderse lo suficiente para poderse encontrar y dar con lo que realmente nos motiva. Linda es un claro ejemplo de que la confianza en nuestras capacidades y en las de los que nos rodean es una pieza clave para llegar donde queremos. Acabo con sus propias palabras, que envidio sanamente y espero compartir en un futuro desde mi humilde vida científica:

Looking back over my life, I am struck by the good fortune I have had to be scientist. Very few in this world have the opportunity to do everyday what they love to do, as I have. I have had wonderful mentors, colleagues, and students with whom to explore what fascinates me and have enjoyed both challenges and discoveries. I am grateful for all of these things and look forward to learning what Nature will next reveal to us.”

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